Hoy, 11 de marzo, dedico este capítulo a la persona que me
enseño a vivir de forma feliz: mi abuela.
Hace cuatro años que murió, y no he superado aún su perdida.
Ella siempre fue el sostén y pilar de nuestra familia. Estoy seguro de que no
había persona más importante, claro después de mis padres. Graciela Castro fue
enfermera en el Instituto Nacional de Cancerología, y ejerció su profesión,
aproximadamente, durante 30 años. Sé dedicó a atender a enfermos de cáncer en
fase terminal, y, lamentablemente, por la exposición que se tiene a la
radiación ella murió por la misma causa. Nunca dudó en mencionarnos que ella no
sé arrepentía de nada, ella estaba completa con su trabajo, y como muestra de
ello, después de jubilarse aún acudía. Se hizo de muchos y grandes amigos.
Caminar con ella por el hospital era un poco cansado porque todo el personal la
conocía y con todos se quedaba a platicar. Lo mismo era con los enfermos y sus
familiares, pues de todo el mundo se hacía amigo. Es tan difícil recordarla sin
que salga una lágrima. Creo que jamás pasare las fiestas decembrina como cuando
ella estaba. Era hermoso ver un árbol lleno de regalos, más cuando somos una
familia de clase media baja. Los regalos nos emocionaban tanto, pues casi todos
venían de ella
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