domingo, 17 de marzo de 2013

Bienvenida, mi amor


Por fin llegó el día en que pudimos salir a tomar unos tragos y con ello aprovechar la oportunidad de poder desquitar mis ganas de besar a Zvetlana. A pesar de no tener tanto dinero, todos queríamos salir a festejar, pues estábamos felices de haber superado los cursos, además de que seguramente la próxima semana todos tomaríamos un camino distinto dentro del banco. El lugar era el indicado: un karaoke. Era el momento de comenzar a ser más directos. Un par de canciones nos bastaron para poder besarnos, fue algo discreto no lo que yo esperaba, pero sin duda era la confirmación de que me correspondían.
Las cosas cambiaron después de esa noche. Ahora teníamos más confianza, pienso que más de lo normal. El escarceo erótico comenzó a molestar a Zvetlana. Penosamente  me enteré por medio de una de sus amigas. Pensé que esto haría que ella se distanciara de mí, y por supuesto no iba a permitir que esto sucediera. Un día, camino a nuestras casas, nos sentamos a platicar de forma seria, le planteé las opciones, y deje clara la intención de querer ser su novio (todo contrario a lo que siempre he creído: ¡no hacen falta títulos para una relación!). La charla reveló muchas cosas, pude comprender parte de esos sentimientos de enojo y tristeza que solía aparentar.  Entendí mejor la situación que vivía, y poco a poco me fui interesando más en ella.
El 2 de noviembre, tuvimos, por primera vez, la oportunidad de salir solos, así que lo aprovechamos, o por lo menos eso tratamos, pero de 10 fiestas de disfraces no fuimos a ninguna porque Zvetlana no quiso disfrazarse. Fuimos a casa de mis primas, donde puedo entrar con libertad, pues me dieron un juego de llaves. Decidimos pasar la noche en la azotea del edificio, donde hay muchos cuartos de servicio. Compramos un par de litros de pulque de piñón, dos botellas de whisky y, de mezcladores, unos Arizonas de frambuesa, lo suficiente para mis primas, mi novio y yo.  Era una reunión cualquiera que solo servía para embriagarse, y lo conseguimos. Tuvimos, quizá, nuestra primera discusión fuerte, y nos costó demasiado trabajo tranquilizarnos. Aún estábamos consientes, y la reconciliación trajo consigo algo de locura. Tuvimos que rodear la zona en donde estaban todos, fuimos uno por uno para evitar sospecha, y llegamos a una parte donde no podrían vernos tan fácil. Era el momento de hacerle el amor la chica que tanto me gustaba.      

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