lunes, 25 de febrero de 2013

Cuanta amargura en tan poco tiempo

     Estoy seguro de que todos hemos pensado en nuestra reacción al ver que tu pareja se esta besando con otra persona, aunque siendo sincero, nunca imagine que a mí me pasaría. Siempre creí que correría enfurecido a golpear a quien tuviera en sus brazos a mi novia, y haría una cara de total desprecio a quien me ha traicionado. ¡Oh, sorpresa! No paso nada de eso, inclusive casi podría ser cierto decir que no paso nada al menos durante treinta segundos. Me quede observando cómo se despedían de forma tan cariñosa, sentí una gran tristeza, no podía creer que fuera real, quería pensar que “no era lo que parecía”. De pronto comencé a sentir que los huesos de mis manos se contraían, no tenía mucha fuerza, me empezaba a faltar el aire y sabía que pronto caería al suelo, así que tuve que retroceder y alejarme a un lugar en donde no fueran a percatarse de mi presencia.
     A un costado de un altar a la Virgen, permanecí sentado por un poco más de diez minutos, cuando de pronto vi bajar por las escaleras del edificio a quien yo creía era el tercero en esta relación. Él siguió caminando con una gran sonrisa marcada en su rostro hasta que paso, aproximadamente a dos metros de distancia de donde me encontraba. Se quedo parado, observándome. Otra vez no supe qué hacer, creía que me había reconocido, pero por lo contrario parecía intrigado por verme. Se acerco lentamente a verme ─quizá solo dio dos pasos, pero recuerdo que en todo este embrollo cada maldito segundo parecía prolongarse por lo menos veinte veces más─  y me dirigió unas palabra: no estés triste, verás que todo se solucionara y pronto borraras este día de tu mente. Después de haberlo dicho, se marcho.     Quede atónito, tenía claro que el tampoco me conocía y que seguramente el también era engañado por esa “dulce niña”.
     Ya en el trabajo, después de haber partido de aquel lugar, no tuve más que fingir que todo estaba bien. Era difícil concentrarme en cada llamada que hacía, cada colombiano al que yo atendía era maltratado con cada palabra que yo le decía. Sabía que estaba haciendo mal, pero en ese momento no me importaba poner en riesgo mi trabajo. Mi compañero se dio cuenta de que no estaba bien, y comenzó a platicar conmigo para que pudiera relajarme. Fue entonces cuando llego Zvetlana con una rosa y una tarjeta en la mano, la dejo en mi lugar, me beso la frente y fue a sentarse en su lugar.            

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