domingo, 17 de febrero de 2013

Dulce ironía

     Todo estaba tranquilo, al menos para mí que no sentía gran afecto por el día de San Valentín. Como todas las mañana desperté con gran apatía, caminé hacia la cocina, tomé un vaso de leche y un paquete de galletas, e inmediatamente fui a la sala para sentarme ver el televisor. Quede consternado al escuchar una noticia que, además de cruel, era irónica por la fecha: un hombre, quien fue un símbolo de superación en los pasados juegos olímpicos, había asesinado a su novia.
     Durante todo el camino hacia la escuela, solo pensaba en qué sería capaz de provocar a una persona a cometer dicho feminicidio. Estaba seguro de que no hay justificante para cometer un asesinato, ¿pero yo sería capaz de matar a mi novia? y si lo fuera ¿cuál sería un motivo para provocarme?
     Tuve mi primera clase del día: México I. En esta ocasión nos tocó ver una película para poder comprender, de mejor manera, la guerra de los liberales en contra de los conservadores. He de aceptar que, durante toda la película, lo único en que pensaba era en como el hombre puede convertirse en un asesino.
     Salí de mi clase y me dirigí hacia un puesto de rosas. Sabía que mi novia y yo no éramos detallistas, pero presentía que ese era el momento de comenzar. Compré un ramo de rosas, una tarjeta y unos chocolates, algo sencillo. Lo primero que se me ocurrió fue llamarla para anunciar mi llegada, pero algo me decía que sería mejor sorprenderla,sin saber que aquel día marcaría un parteaguas en mi vida.
     Me aproximaba a casa de Zvetlana; mis manos sudaban de la misma forma que el día que la conocí, y sentía un ligero escalofrío que recorría todo mi cuerpo. Algún extraño instinto me decía que tenía que regresar, que estaba cometiendo un error, y que Zvetlana se molestaría por esta muestra de cariño.


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